CORRUPCIÓN DE PALABRAS. CORRUPCIÓN DE IDEAS

 

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No basta vivir en una democracia para disfrutar de libertad interior. Podemos tener toda suerte de libertades para maniobrar a nuestro arbitrio, y estar, en cambio, dominados por nuestras apetencias y ser incapaces de elegir en virtud del ideal que debemos realizar en nuestra vida. Los medios de comunicación nos ofrecen un elenco de posibilidades indefinidas para informarnos, distraernos, compartir otras vidas, asistir a toda suerte de acontecimientos relevantes... Disponer de tales posibilidades supone una impresionante libertad de maniobra, que nos da una impresión de poderío y riqueza. Basta apretar un botón para abrirnos a un horizonte siempre nuevo de paisajes, conciertos, noticias, acontecimientos de todo orden... Este incremento diario de nuestra libertad de maniobra nos embriaga y seduce. La seducción y la embriaguez nos empastan o fusionan con la realidad seductora y nos impiden tomar la distancia necesaria para descubrir el riesgo que corremos de que esa inmensa libertad de maniobra amengüe o incluso destruya nuestra libertad creativa.

Si queremos conservar esta forma de libertad –indispensable para llevar una vida auténticamente personal-, debemos analizar con sumo cuidado los  temas siguientes: qué es manipular,  quién manipula, para qué lo hace, qué medios moviliza para ello.

 

  1. Qué significa manipular

 

Manipular -en sentido éticamente negativo- es tratar a una persona o grupo de personas -seres pertenecientes al nivel 2 de realidad- como si fueran objetos (nivel 1 de realidad), a fin de dominarlos fácilmente –nivel 1 de conducta-. Esa forma de trato implica un rebajamiento de nivel, un envilecimiento. Cuando, en tiempos sombríos, se amontonaba a cientos de prisioneros en un vagón de tren, como si fueran paquetes, y se los hacía viajar así durante días y noches, no se intentaba tanto hacerles sufrir cuanto envilecerlos hasta el punto de que se consideraran unos a otros como seres abyectos y repelentes. Tal consideración les impedía unirse entre sí y formar estructuras sólidas que pudieran generar una capacidad de resistencia.

            Tal reducción ilegítima de las personas a objetos es la meta del sadismo. En rigor, ser sádico no significa ser cruel, como a menudo se piensa. Implica tratar a una persona de tal manera que se la rebaja de condición. Ese rebajamiento puede realizarse a través de la crueldad o a través de la ternura erótica. Reducir una persona a condición de objeto y tratarla con la dureza que puede mostrar una niña con la muñeca de la que se ha cansado es una práctica manipuladora sádica. Por otra parte, la caricia erótica reduce la persona a mero cuerpo halagador. Es reduccionista, y, en la misma medida, sádica, aunque parezca tierna. La caricia puede ser de dos tipos: erótica y personal. El amor conyugal auténtico se dirige a toda la persona –no sólo a sus cualidades- y presenta cuatro aspectos o elementos básicos: la sexualidad, la amistad, la proyección comunitaria del amor (es decir: la creación de un hogar), la fecundidad del amor, su capacidad de incrementar el afecto entre los esposos y dar vida a nuevos seres. Estos cuatro elementos del amor no deben estar meramente yuxtapuestos; han de hallarse estructurados. Una estructura es una constelación de elementos trabados de tal forma que, si falla uno, se desmorona el conjunto. El erotismo consiste en desgajar el primer elemento, la sexualidad, para obtener una gratificación pasajera –nivel 1- y prescindir de los otros tres (pertenecientes al nivel 2). Ese desgajamiento puramente pasional destruye el amor de raíz, lo priva de su sentido pleno y  su identidad. Por eso es violento, aunque parezca cordial y tierno.

     En el albor de la cultura occidental, Platón entendió por "eros" la fuerza misteriosa que eleva al hombre a regiones cada vez más altas de belleza, bondad y perfección -nivel 3-. Actualmente, se entiende por "erotismo" el manejo de las fuerzas sexuales con desenfado, sin más criterio y norma que la propia satisfacción inmediata –nivel 1-. Obviamente, esta reclusión en el plano de las ganancias inmediatas supone una regresión cultural.

 

2. Quién manipula

           

            Manipula el que quiere vencernos sin convencernos, es decir, el que intenta seducirnos para que aceptemos lo que nos ofrece sin darnos razones. El manipulador no habla a nuestra inteligencia, no respeta nuestra libertad[1]; actúa astutamente sobre nuestros centros de decisión a fin de arrastrarnos (nivel 1) a tomar las decisiones que favorecen sus propósitos.

            En un anuncio televisivo se presentó un coche lujoso. En la parte opuesta de la pantalla apareció súbitamente la figura de una joven bellísima, que no dijo una sola palabra ni hizo el menor gesto;  mostró sencillamente su imagen encantadora. De pronto, el coche comenzó a rodar por paisajes exóticos, y una voz nos sugirió al oído: "¡Entrégate a todo tipo de sensaciones!". En este anuncio no se aduce razón alguna para elegir ese coche en vez de otro. Se entrevera su figura con la de imágenes atractivas automáticamente para millones de personas y se las envuelve a todas en el halo de una frase llena de adherencias sentimentales. De esta forma, el coche queda aureolado de prestigio. Cuando vayas al concesionario de coches, te sentirás llevado a elegir éste por una especie de automatismo. Y te lo facilitarán, pero no la señorita. En realidad, nadie te había prometido que, si comprabas el coche, te darían la posibilidad de establecer una relación estrecha con esa joven. Eso hubiera supuesto hablar a tu inteligencia y a tu libertad, para proponerte una especie de trueque. Tal propuesta hubiera sido moralmente reprobable –pues una persona no puede ser reducida a medio para un fin-, pero no hubiera constituido una manipulación. Los responsables del anuncio aludido se limitaron a influir sobre tu voluntad de forma oblicua, artera. No te han engañado; te han manipulado, que es una forma sutil de engaño. Han halagado tu apetito de sensaciones gratificantes a fin de orientar tu voluntad hacia la compra irreflexiva de ese producto, no para ayudarte a desarrollar tu personalidad y ser feliz. Te han reducido a mero cliente. Esa forma de reduccionismo es la quintaesencia de la manipulación, arte de seducir que opera a través de automatismos.

            Este tipo de manipulación comercial suele ir aliada con otra más peligrosa todavía: la manipulación ideológica, que impone ideas y actitudes de forma solapada, merced a la fuerza de arrastre de ciertos recursos estratégicos. Así, la propaganda comercial promueve, a menudo, entre las gentes una actitud consumista y la hace valer diciendo que el uso de tales o cuales artefactos es signo de alta posición social y de progreso.

Cuando se quieren imponer actitudes e ideas referentes a cuestiones básicas de política, economía, ética, religión..., la manipulación ideológica adquiere suma peligrosidad. Por "ideología" suele entenderse un sistema de ideas esclerosado, rígido, que no suscita adhesiones por carecer de vigencia y, por tanto, de fuerza persuasiva. Si un grupo social lo asume como programa de acción y quiere imponerlo a ultranza, sólo tiene dos recursos: l) la violencia, y aboca a la tiranía, 2) la astucia, y practica la manipulación. Las formas de manipulación movilizadas por razones "ideológicas" suelen mostrar un notable refinamiento, ya que son programadas por profesionales de la estrategia.

 

3. Para qué se manipula

 

            La manipulación responde, en general, a la voluntad de dominar a personas y grupos en algún aspecto de la vida y dirigir su conducta. La manipulación comercial quiere convertirnos en clientes, con el simple objetivo de que adquiramos un determinado producto, compremos entradas para ciertos espectáculos, nos afiliemos a tal o cual club... El manipulador ideólogo intenta modelar el espíritu de personas y pueblos a fin de adquirir dominio sobre ellos de forma rápida, contundente, masiva y fácil. ¿Cómo es posible dominar al pueblo de esta forma? Reduciéndolo de comunidad  a masa.

            Las personas, cuando tienen ideales valiosos, convicciones éticas sólidas, voluntad de desarrollar todas las posibilidades de su ser, tienden a unirse entre sí solidariamente y estructurarse en comunidades (nivel 2). Debido a su interna cohesión, una estructura comunitaria resulta inexpugnable. Puede ser destruida desde fuera con medios violentos (nivel 1), pero no dominada interiormente por vía de asedio espiritual (nivel 2). Si las personas que integran una comunidad pierden la capacidad creativa y no se unen entre sí con vínculos firmes y fecundos, dejan de integrarse en una auténtica comunidad (nivel 2); dan lugar a un montón amorfo de meros individuos: una masa (nivel 1).

El concepto de masa es cualitativo, no cuantitativo. Un millón de personas que se manifiestan en una plaza con un propósito bien definido y sopesado no constituyen una masa, sino una comunidad, un pueblo. Dos personas, un hombre y una mujer, que comparten la vida en una casa pero no se hallan debidamente ensambladas forman una masa. La masa se compone de seres que actúan entre sí a modo de objetos, por vía de yuxtaposición o choque. La comunidad es formada por personas que entretejen sus ámbitos de vida para dar lugar a nuevos ámbitos y enriquecerse mutuamente.

            Al carecer de cohesión interna, la masa es fácilmente dominable y manipulable por los afanosos de poder. Ello explica que la primera preocupación de todo tirano -tanto en las dictaduras como en las democracias, pues en ambos sistemas políticos existen personas deseosas de vencer sin cuidarse de convencer- sea privar a las gentes de capacidad creadora en la mayor medida posible. Tal despojo se lleva a cabo mediante las tácticas de persuasión dolosa que moviliza la manipulación. 

 

4. Cómo se manipula

 

            El tirano lo tiene dificil en una democracia. Quiere dominar al pueblo, y ha de hacerlo de forma dolosa para que el pueblo no lo advierta, pues lo que prometen los gobernantes en una democracia es, ante todo, libertad –“libertad de maniobra”[2]-. En las dictaduras se promete eficacia, a costa –si es necesario- de las libertades –libertades, asimismo, de maniobra-. En las democracias se prometen cotas nunca alcanzadas de “libertad” –así, en general, sin especificar-, aunque sea con merma de la eficacia. ¿Qué medios tiene en su mano el tirano para someter al pueblo mientras lo convence de que es más libre que nunca?

            Ese medio es el lenguaje y la imagen, que, por ser elocuente, constituye una forma peculiar de lenguaje. El lenguaje es el mayor don que posee el hombre, pero el más arriesgado, por ser ambivalente: puede ser tierno o cruel, amable o displicente, difusor de la verdad o propalador de la mentira. El lenguaje ofrece posibilidades para descubrir en común la verdad, y facilita recursos para tergiversar las cosas y sembrar la confusión. Con sólo conocer tales recursos y manejarlos hábilmente, una persona poco preparada pero astuta puede dominar fácilmente a personas y pueblos enteros si éstos no están sobre aviso. Para comprender el poder seductor del lenguaje manipulador debemos estudiar cuatro puntos: los términos, los esquemas, los planteamientos y los procedimientos.

 

a) Los términos

 

            El lenguaje crea palabras, y, en cada época de la historia, algunas de ellas se cargan de un prestigio tal que apenas hay quien ose ponerlas en tela de juicio. Son palabras "talismán", que parecen condensar en sí todas las excelencias de la vida humana. La palabra talismán por excelencia de nuestra época es libertad. Una palabra talismán tiene el poder de prestigiar a las palabras que se le avecinan y desprestigiar a las que se le oponen o parecen oponérsele. Hoy se da por supuesto -el manipulador nunca demuestra nada, da por supuesto lo que le conviene- que la censura –todo tipo de censura- se opone siempre a la libertad (entendida, superficialmente, como “libertad de maniobra”). En consecuencia, la palabra “censura” está actualmente desprestigiada. En cambio, las palabras independencia, autonomía, democracia, cogestión... van unidas con la palabra libertad y quedan convertidas, por ello, en una especie de términos talismán por adherencia.

            El manipulador saca amplio partido de este poder de los términos talismán. Sabe que, al introducirlos en un discurso, el pueblo queda intimidado, no ejerce su poder crítico, acepta ingenuamente lo que se le propone. Cuando, en cierto país, se llevó a cabo una campaña a favor de la introducción de una ley proabortista, el ministro responsable de tal ley intentó justificarla con este razonamiento: "La mujer tiene un cuerpo y hay que darle libertad para disponer de ese cuerpo y de cuanto en él acontezca". La afirmación de que "la mujer tiene un cuerpo" está pulverizada por la mejor Antropología Filosófica desde hace casi un siglo. Ni la mujer ni el varón tenemos cuerpo; somos corpóreos. Media un abismo entre ambas expresiones. El verbo tener es adecuado cuando se refiere a realidades poseíbles, es decir: a objetos (nivel 1). Pero el cuerpo humano -el de la mujer y el del varón- no es algo poseíble de lo que podamos disponer; es una vertiente de nuestro ser personal, como lo es el espíritu (nivel 2). Te doy la mano para saludarte y sientes en ella la vibración de mi afecto personal. Es toda mi persona la que te sale al encuentro. El hecho de que en la palma de mi mano vibre mi ser personal entero pone de manifiesto que el cuerpo no es un objeto. No hay objeto alguno, por excelente que sea, que tenga ese poder. Pues bien, el ministro intuyó sin duda que la frase "la mujer tiene un cuerpo" no se sostiene en el estado actual de la investigación filosófica, y, para reforzar su argumento, introdujo inmediatamente el término talismán libertad: "Hay que dar libertad a la mujer para disponer de su cuerpo..." Sabía que, con la mera utilización de ese término supervalorado en el momento actual, millones de personas iban a replegarse tímidamente y a decirse: "No te opongas a esa proposición porque está la libertad en juego y serás tachado de antidemócrata, de fascista, de ultra...". Y así sucedió, efectivamente.

Si queremos ser de verdad libres interiormente, debemos perder el miedo al lenguaje manipulador y matizar el sentido de las palabras. El ministro no indicó a qué tipo de libertad se refería, pues la primera ley del demagogo es no matizar el lenguaje. De hecho aludía a la "libertad de maniobra", la libertad -en este caso- de maniobrar cada uno a su antojo respecto a la vida naciente: respetarla o eliminarla. Pero esta forma de libertad no es la única ni la suprema. Uno comienza a ser libre plenamente –libre no sólo de trabas para actuar, sino libre para ser creativo- cuando, pudiendo elegir entre diversas posibilidades, opta por las que le permiten desarrollar su personalidad de modo pleno. Ahora respondamos a esta pregunta: Quien utilice la libertad de maniobra contra un germen de vida que marcha aceleradamente hacia la plena constitución de un ser humano ¿se orienta hacia la plenitud de su ser personal? Vivir personalmente es vivir fundando relaciones comunitarias, creando vínculos. El que rompe los vínculos fecundísimos con la vida que nace destruye de raíz su poder creador y, por tanto, bloquea su desarrollo como persona.

            Esto lo vemos claramente cuando reflexionamos. Pero el demagogo, el tirano, el que desea conquistar el poder por la vía rápida de la manipulación opera con extrema celeridad para no dar tiempo a pensar y someter a reflexión detenida cada uno de los temas. Por eso no se detiene nunca a matizar los conceptos y justificar lo que afirma; da por consabido lo que le interesa y lo expone con términos ambiguos, faltos de precisión. Ello le permite destacar, en cada momento, el aspecto de los conceptos que le interesa para su fines. Cuando subraya un aspecto, lo hace como si fuera el único, como si todo el alcance de un concepto se limitara a esa vertiente. Así evita que las gentes a las que se dirige tengan elementos de juicio suficientes para clarificar las cuestiones y hacerse una idea serena y bien aquilatada de las mismas. Al no poder profundizar en una cuestión, la persona desorientada tiende a dejarse arrastrar. Es un árbol sin raíces que lo lleva cualquier viento, sobre todo si éste sopla a favor de las propias tendencias elementales. Para facilitar su labor de arrastre y seducción, el manipulador halaga las tendencias innatas de las gentes y se esfuerza en cegar su sentido crítico.     

Toda forma de manipulación es una especie de malabarismo intelectual. Un mago, un ilusionista hace trueques que resultan sorprendentes e incluso "mágicos" a quien no perciba sus rapidísimos movimientos. El demagogo procede, asimismo, con meditada precipitación, a fin de que las multitudes no adviertan sus trucos intelectuales y acepten como posibles los escamoteos más inverosímiles de conceptos. Por ejemplo, un manipulador proclama ante las gentes que “les ha devuelto las libertades”, pero no se detiene a precisar a qué tipo de libertades se refiere: si a las libertades de maniobra -que pueden llevarlas a experiencias de fascinación y despeñarlas hacia la asfixia- o a la libertad para ser creativas y realizar experiencias de encuentro, libertad que las conduce al pleno desarrollo de su personalidad. Basta pedirle a un demagogo que matice un concepto para neutralizar sus artes hipnotizadoras.

En verdad, tenía razón Ortega y Gasset al advertir: "¡Cuidado con los términos, que son los déspotas más duros que la Humanidad padece!". Por somero que sea, un estudio del lenguaje nos revela que "las palabras son a menudo en la historia más poderosas que las cosas y los hechos"[3] .

 

b) Los esquemas mentales

 

            Del mal  uso de los términos se deriva una interpretación errónea de los “esquemas” que vertebran nuestra vida mental. Cuando pensamos, hablamos y escribimos, somos guiados por ciertos “esquemas” o pares de términos: libertad-norma, autonomía-heteronomía, dentro-fuera... Si pensamos que los términos que forman estos esquemas se oponen siempre entre sí, de modo que debemos escoger entre uno u otro de los mismos, no podemos realizar actividades creativas, pues éstas sólo son posibles cuando nos unimos a las realidades que nos rodean y asumimos las posibilidades que nos ofrecen. Si estimo, por ejemplo, que fuera se opone a dentro y que cuanto se halla fuera de mí es inevitablemente distinto, distante, externo y extraño a mí, no puedo colaborar con cuanto me rodea y anulo mi capacidad creativa en todos los órdenes.

            Una alumna manifestó un día en clase lo siguiente: "En la vida hay que escoger: o somos libres o aceptamos normas; o actuamos conforme a lo que nos sale de dentro o conforme a lo que nos viene impuesto de fuera. Como yo quiero ser libre, dejo de lado las normas". Esta joven entendía el esquema libertad-norma como un dilema. En consecuencia, para ser auténtica y actuar con libertad interior se sentía obligada a prescindir de cuanto le habían dicho de fuera acerca de normas morales, dogmas religiosos, prácticas piadosas, usos y costumbres... Con ello se alejaba de la moral y la religión de sus mayores y -lo que es todavía más grave- hacía imposible toda actividad verdaderamente creativa.

He aquí el poder temible de los esquemas mentales. Si un manipulador te sugiere que para ser autónomo en tu obrar debes dejar de ser heterónomo y no aceptar norma alguna de conducta que te venga propuesta del exterior, dile que eso es verdad pero sólo en un caso: cuando actuamos de modo pasivo, no creativo. Tus padres te piden que hagas algo, y obedeces forzado. Entonces no actúas autónomamente. Pero suponte que percibes el valor de lo que se te sugiere y lo asumes como propio. Esa actuación tuya es, a la vez, autónoma y heterónoma, porque es creativa.

Ahora vemos con claridad la importancia decisiva de los esquemas mentales. Un especialista en revoluciones y conquista del poder, José Stalin, afirmó lo siguiente: "De todos los monopolios de que disfruta el Estado ninguno será tan crucial como su monopolio sobre la definición de las palabras. El arma esencial para el control político será el diccionario". Nada más cierto, a condición de que veamos los términos dentro del marco dinámico de los esquemas, que son el contexto en que juegan su papel expresivo.

 

c) Los planteamientos estratégicos

 

            Con los términos del lenguaje se plantean las grandes cuestiones de la vida. Debemos tener sumo cuidado con los planteamientos. Si aceptamos un planteamiento manipulador, vamos a donde tal vez no queremos ir. Desde niños deberíamos acostumbrarnos a discernir cuándo un planteamiento es auténtico y cuándo es falso. En los últimos tiempos se están planteando mal, con el fin estratégico de dominar al pueblo, temas tan graves como el divorcio, el aborto, el amor humano, la eutanasia... Casi siempre se los plantea de forma unilateral y sentimentaloide, como si sólo se tratara de resolver problemas acuciantes de ciertas personas. Para conmover al pueblo, se aducen cifras exageradas de matrimonios rotos, de abortos clandestinos, realizados en condiciones infrahumanas, pero suele rehuirse analizar las consecuencias negativas del divorcio y el aborto. Tales cifras son un ardid del manipulador. El Dr. Bernhard Nathanson, director de la mayor clínica abortista de Estados Unidos, manifestó que fue él y su equipo quienes inventaron la cifra de 800.000 abortos al año en su país. Y se sorprendían al ver que la opinión pública recogía el dato y lo propagaba con toda candidez. Hoy, convertido a la defensa de la vida, se siente avergonzado de tal fraude, y recomienda vivamente que no se acepten las cifras aducidas para apoyar ciertas campañas.

            Al plantear un problema, debemos poner ante nosotros todos los aspectos básicos del mismo. Los partidarios de la ley prodivorcista suelen subrayar el hecho de que existen matrimonios “rotos” y hemos de abrirles una vía de solución. Tienen plena razón en ello. No están acertados, en cambio, al negarse a analizar el posible efecto negativo del divorcio sobre los hijos. Su planteamiento es unilateral y, por tanto, manipulador. No se debe nunca manipular ni para defender una causa que uno considera justa.

            De modo semejante, realizan un planteamiento manipulador los partidarios del aborto que destacan la menesterosidad de muchas jóvenes embarazadas pero no prestan la menor atención a los derechos del no nacido.  

 

d) Los procedimientos estratégicos

 

            Hay diversos medios para dominar al pueblo sin que éste se aperciba de ello. Pongamos un ejemplo, en el que no voy a mentir pero sí a manipular. En un pueblo, tres personas están difamando a una cuarta, y yo le cuento a ésta exactamente lo que dicen, pero altero un poco el lenguaje. No le informo de qué personas concretas se trata; me limito a indicar que “eso dice la gente”. Paso del singular al colectivo. Con ello no sólo le infundo miedo a esa persona sino angustia, que es un sentimiento más difuso y penoso. El miedo es temor ante algo adverso que te hace frente de manera abierta y te permite tomar medidas. La angustia es un miedo envolvente. No sabes a dónde acudir. ¿Dónde está la gente que te ataca con su maledicencia? La gente es una realidad anónima, envolvente, una especie de niebla que te bloquea. Te sientes angustiado. Tal forma de angustia es provocada por el fenómeno sociológico del rumor, que suele ser tan poderoso como cobarde debido a su anonimato. "Se dice que tal ministro realizó una evasión de capitales". ¿Quién lo dice? La gente, es decir, nadie concreto y potencialmente todos.

            Otra forma sesgada y subrepticia de vencer al pueblo sin preocuparse de convencerlo es la de repetir una vez y otra, a través de los medios de comunicación, ideas o imágenes cargadas de intención ideológica. No se entra en cuestión, no se demuestra nada, no se va al fondo de los problemas. Sencillamente se lanzan proclamas, se hacen afirmaciones contundentes, se propagan eslóganes a modo de sentencias cargadas de sabiduría. Este bombardeo diario configura la opinión pública, porque la gente acaba tomando lo que se afirma como lo que todos piensan, como aquello de lo que todos hablan, como lo que se lleva, lo actual, lo normal, lo que hace norma y se impone. Según Anatole France, "una necedad repetida por muchas bocas no deja de ser una necedad". Ciertamente, mil mentiras no constituyen una sola verdad. Pero una mentira o una media verdad repetida por un medio poderoso de comunicación se convierte en una verdad de hecho, incontrovertida; viene a ser una "creencia", en el sentido de algo intocable, de suelo en que se asienta la vida intelectual del hombre y que no cabe discutir sin exponerse al riesgo de quedar descalificado. A formar este tipo de "creencias" tiende la propaganda manipuladora con vistas a tener un control soterrado de la mente, la voluntad y el sentimiento de la mayoría.

El gran teórico de la comunicación M. MacLuhan acuñó la expresión de que "el medio es el mensaje": no se dice algo porque sea verdad; se toma como verdad porque se dice. La televisión, la radio, la letra impresa, los espectáculos de diverso orden tienen un inmenso prestigio para quien los ve como una realidad prestigiosa que se impone desde un lugar para uno inaccesible. El que está al corriente de lo que pasa entre bastidores tiene algún poder de discernimiento. Pero el gran público permanece fuera de los centros que irradian los mensajes. Es insospechable el poder que implica la posibilidad de hacerse presente en los rincones más apartados y penetrar en los hogares y hablar a multitud de personas al oído, de modo sugerente, sin levantar la voz.

 

Actualmente, la fuerza del número es determinante, ya que lo decisivo se resuelve mediante la mayoría de votos. De ahí la tendencia a igualar a todos los ciudadanos, para que nadie tenga poder directivo de orden espiritual y la opinión pública pueda ser modelada impunemente por quienes dominan los medios de comunicación multitudinarios. Una de las metas del demagogo es anular, de una forma u otra, a quienes puedan descubrir sus trampas, sus trucos de ilusionista.

 

            Antídoto contra la manipulación

 

La práctica de la manipulación altera la salud espiritual de personas y grupos. ¿Poseen éstos defensas naturales contra ese virus invasor? ¿Cabe poner en juego un antídoto contra la manipulación demagógica?  Actualmente, es muy difícil reducir el alcance de los medios de comunicación o someterlos a un control eficaz de calidad. Hay familias que dosifican el uso de la televisión, lo reducen a ciertos momentos del día y ciertos días de la semana. Esta restricción resulta en ciertos casos benéfica, pero no puede considerarse como una defensa  absolutamente eficaz ante el daño que puede causar ese medio de comunicación.  Es ineludible una preparación adecuada por parte de cada ciudadano. Tal preparación abarca tres puntos básicos:

1º. Estar alerta, conocer en pormenor los ardides de la manipulación.

. Pensar con rigor, saber utilizar el lenguaje con precisión, plantear bien las cuestiones, desarrollarlas con lógica, no cometer saltos en el vacío. Pensar con rigor es un arte que debemos cultivar. El que piensa con rigor es difícilmente manipulable. Un pueblo que no cultive el arte de pensar con la debida precisión está en manos de los manipuladores.

3ª. Vivir creativamente. Lo más valioso de la vida sólo lo aprendemos de verdad cuando lo vivimos. Si prometes crear un hogar con otra persona y eres fiel a esa promesa, aprendes día a día que ser fiel no se reduce a tener aguante. Aguantar es tarea de muros y columnas. Los seres humanos estamos llamados a algo más alto: a ser creativos, es decir, a crear en cada momento lo que prometimos crear. La fidelidad tiene un carácter creativo. Cuando el manipulador de turno te diga al oído: "No aguantes, búscate satisfacciones fuera del matrimonio, que eso es lo imaginativo y creador", sabrás contestar adecuadamente: “Amigo, yo no intento aguantar, sino ser fiel, que es bien distinto". Lo dirás porque sabrás por dentro lo que es e implica la virtud de la fidelidad.

 

Movilización de un contraantídoto: la confusión de vértigo y éxtasis

 

Inicio un proceso de vértigo cuando me dejo fascinar por algo que me encandila y quiero dominarlo, poseerlo y ponerlo egoístamente a mi servicio. Pensemos, por ejemplo, en una persona. Al dominarla, siento euforia, pero no puedo encontrarme con ella, pues el encuentro exige respeto, estima y colaboración. Por eso siento tristeza, angustia, desesperación, soledad destructora. Vivo un proceso de éxtasis al optar generosamente por el encuentro, que me otorga energía interior, alegría, entusiasmo, plenitud y felicidad.

Estos dos procesos son polarmente opuestos por su origen, su desarrollo y sus consecuencias. El vértigo arranca de la actitud egoísta, y el éxtasis es impulsado por una actitud generosa. El vértigo nos va llevando sucesivamente a estados de euforia, decepción, tristeza, angustia, desesperación y destrucción. El éxtasis nos llena de energía interior, de alegría, entusiasmo y felicidad. El vértigo es un proceso espiritual que al principio no te exige nada, te halaga, te promete todo y te lo quita todo al final: te priva de la capacidad de vivir experiencias de encuentro y te enceguece para los valores más altos. El éxtasis es un proceso que al principio te exige todo –te pide generosidad-, te promete todo y te lo concede al final: acrecienta tu capacidad de crear encuentros de todo orden y afina tu sensibilidad para los grandes valores.

A pesar de esta oposición, hoy día se tiende profusamente a confundir ambos procesos, para que las personas poco avisadas se lancen precipitadamente a los procesos de vértigo creyendo que van a vivir con la plenitud que nos otorgan los procesos de éxtasis. Esta forma de manipulación está en la base del declive moral que vivimos en la actualidad.

 

El antídoto adecuado a este contraantídoto es el conocimiento preciso de ambos procesos. Cualquier tema que analicemos en pormenor nos lleva siempre a la convicción de que en la actualidad es más necesario que nunca ayudar a las gentes –sobre todo a niños y jóvenes- a adquirir una formación sólida, que les permita ser libres en una sociedad que, por ambición de poder, moviliza a menudo los recursos arteros de la manipulación.



[1] El respeto, la estima y la colaboración son las actitudes que debemos adoptar respecto a las realidades propias del nivel 2: personas, comunidades, instituciones, el lenguaje, las obras culturales, los valores de todo orden...

[2] Es absolutamente indispensable distinguir dos tipos de libertad: la libertad de maniobra –la capacidad de elegir en cada momento las posibilidades que más nos apetecen- y la libertad creativa –la capacidad de distanciarnos de nuestras apetencias y elegir en virtud del ideal verdadero de nuestra vida, que es la creación de formas elevadas de unidad, es decir, de encuentro.

[3] M. Heidegger: Nietzsche I, Neske, Pfullingen, 1961, p. 400.