LA DICTADURA DEL RELATIVISMO

José María Barrio Maestre

Profesor Titular de la Universidad Complutense de Madrid

   

   

Agradezco mucho a D. Rafael García, Presidente de Cooperación Social, la oportunidad que me brinda de reflexionar con Vds sobre el significado de esta fórmula, “dictadura del relativismo” que, como bien saben, a menudo ha empleado el Papa Benedicto XVI para referirse a una de las vertientes sin duda más paradójicas de esta actitud intelectual –que, por otro lado, supone la muerte del intelecto– que conocemos con el nombre de relativismo. Intentaré delimitar conceptualmente a grandes rasgos en qué consiste el relativismo, y explicar cómo esta actitud puede estar asociada –en el discurso del Papa es así– con la que aparentemente resultaría su opuesta, la prepotencia del dictador, del déspota. A pesar de la apariencia contradictoria de esta asociación, si uno repara en la lógica interna del relativismo, es precisamente ésta su consecuencia natural. Quizá haya margen aún para ensayar brevemente una aplicación de este análisis al panorama sociocultural de nuestro momento, aunque supongo que esta tarea la abordará con más detalle mi querido amigo Ignacio Arsuaga.

¿Qué es el relativismo? Como suele ocurrir con muchas actitudes sociales consolidadas, ésta tiene un origen filosófico, a partir del cual, por decirlo así, se ha desmadrado, se ha inculturado, configurándose como un modelo de pensar y de vivir muy extendido entre nosotros, casi como un reflejo social condicionado. Mucha gente, quizá sin proponérselo explícitamente y sin haber leído autores relativistas, por ósmosis sociocultural está en este planteamiento. Pero es interesante para el propósito de esta reunión hacer una breve mención de esos orígenes filosóficos. El asunto es complejo, pero en sus rasgos fundamentales podemos percibir su dimensión y alcance si tratamos de retenerle la atención a la tesis que sería su expresión más prototípica: Todo es relativo. Con esto lo que se quiere decir es que no existe la verdad. Semejante aserción suele hacerse sin caer en la cuenta de lo que ya señaló el gran filósofo alemán del siglo XX Edmundo Husserl, maestro de mi maestro, y por eso puedo decir que en cierto modo abuelo intelectual mío: se trata de una tesis que se autodestruye. En efecto, quien dice que no existe la verdad, lo que quiere decir es que es verdad que no existe la verdad. Es imposible que uno piense algo sin pretenderlo como verdadero. Y es imposible que uno intente expresar un pensamiento sino como una pretensión de verdad. Mucho antes que Husserl, Aristóteles ya dijo, con un sentido común soberano, que las únicas que pueden ser relativistas coherentemente son las plantas, que ni pìensan ni hablan: están calladas. Cualquier forma de pensar algo, igualmente lo es de asumir un compromiso intelectual con algo que se estima verdadero, al menos más que su contrario. Y no distinguir una cosa de su contraria, o pretender que dos proposiciones contrarias son igualmente verdaderas, sólo puede hacerse a costa de la lógica. El primer principio fundamental de la lógica –lo que los filósofos llaman principio de no-contradicción– postula que es imposible que dos proposiciones contrarias sean simultáneamente verdaderas en el mismo sentido. Y esto es lo que pretende el relativismo tomado en serio (en caso de que eso se pueda tomar en serio).

Naturalmente muchos no reparan en ello, y la afirmación de que todo es relativo a menudo no encierra la pretensión de decir algo serio, y menos aún con un propósito filosófico. Especialmente cuando la hace el buen burgués que, sentado en su sillón, detiene las ínfulas juveniles del muchachote que, con el radicalismo propio de la edad, reparte afirmaciones tajantes por doquier; parece entonces sumamente razonable decirle al muchacho: —Calma, tranquilo, mira las cosas algo más despacio, y ya te darás cuenta de que todo es relativo, hombre. Tampoco es para tanto. —Sin duda aquí no existe la pretensión de decir algo filosóficamente serio. Y es ésta una actitud muy distinta de la que aquí estamos poniendo de relieve, algo cuerdo y razonable, sobre todo cuando posee la cordura que da la experiencia de la edad avanzada. Ahora bien, si convertimos esto en una tesis filosófica y procuramos extraerle un rendimiento serio, se nos cae de las manos en medio minuto. Primero por la razón que he mencionado antes recordando a Husserl. Pero luego porque, como recordó Franz Brentano –gran filósofo, un poco anterior a Husserl y, como éste, también gran matemático– la palabra “relativo” procede de relación, y la relación real es la que posee términos relativos reales y realmente distintos entre sí. Si se dice que todo es relativo pero no se dice a qué es relativo todo, entonces se está diciendo algo que no termina de decirse, o sea, que no tiene un sentido completo. Esto es lo que a menudo ocurre, por ejemplo, con la idea de progreso. Recordarán Vds que en nuestro país, hace unos veinticinco años, un partido político que accedió por primera vez al gobierno, lo hizo bajo el lema “todo por el cambio”, que verdaderamente hizo fortuna en un momento en el que sin duda había mucha gente que esperaba otros aires. —Bien. Es razonable y humana la esperanza en un futuro mejor, pero si no se hace explícito qué es lo que cambia y, sobre todo, respecto de qué, cambiar por cambiar no significa mucho. Es lo mismo que pasa con la idea de progreso. —Si Vd dice que es “progresista”, pero no dice qué es lo que propone como progreso, y sobre todo respecto de qué eso que Vd propone resulta ser un progreso, entonces está Vd haciendo un uso completamente demagógico de la palabra progreso: no está Vd diciendo nada significativo. No son pocos quienes, sin pararse a pensar, sencillamente se quedan con la etiqueta del progreso, la evolución –que igualmente resultó ser una etiqueta muy presentable hace algo más de un siglo– el cambio, etc. Si vivimos de etiquetas nos excusamos de pensar: nos manejamos en la realidad, pero sin entenderla bien.

Tengo la impresión de que algo parecido ocurre con el relativismo. Si uno dice que todo es relativo pero no dice a qué es relativo todo, y si tal todo significa eso: todo, entonces habrá que concluir que también es relativo que todo sea relativo, ¿no? Mas esto sólo puede tener un sentido completo desde otra afirmación, lógicamente anterior, según la cual es relativo que sea relativo que todo es relativo… a no se sabe qué. Estamos, así, en un processus in infinitum hacia algo que realmente no es ningún término de referencia –por definición, si es infinito, no lo hay– y, por tanto, estamos diciendo una frase que nunca termina de ser dicha (y que, en cuanto tal, nunca termina por significar nada).

Ese mismo test constituye la piedra con la que tropieza una de las formulaciones clásicas del relativismo –poéticamente muy afortunada sin duda– que es la famosa rima de Campoamor: “En este mundo traidor / nada es verdad ni mentira. / Todo tiene el color / del cristal con que se mira”. Eso queda precioso, pero si uno intenta retenerle la atención filosófica, es una soberana idiotez. D. Ramón del Campoamor no era ningún idiota, y seguro que no pretendía hacer ninguna teoría filosófica cuando dijo eso. Pero sí que es verdad que algunos otros aficionados a la filosofía han intentado encontrar un respaldo para su relativismo en la famosa frasecita. —Mire Vd, si nada es verdad ni mentira, tampoco será verdad, ni será mentira tampoco, que todo tiene el color del cristal con que se mira, en este mundo traidor. —Por otro lado, si todo tiene el color del cristal con que se mira, entonces se supone que ese cristal tendrá algún color. Ahora bien, si todo tiene el color del cristal con que se mira y todo significa todo, también estará ahí incluido el cristal de marras, de manera que, por un lado, se supone que ese cristal ha de tener algún color, pero por otro no puede tener ninguno, pues el color de ese cristal será... el del cristal con que se mira ese cristal, que no será otro que el color del cristal con que se mira ese cristal con que se mira el cristal con el que previamente se miró... Y así en un proceso al infinito que a lo que conduce es que, si es infinito –y forzosamente habrá de serlo el proceso de "coloración" por parte de un cristal anterior con el que se mira la serie de cristales intermedios– nunca habrá un color originario de un cristal originario, con lo cual el cristal del que habla el versito de Campoamor no tiene –no termina de tener– color alguno, lo cual está en contradicción con la premisa mayor. —Entonces, ¿qué está Vd diciendo? —El señor Campoamor, insisto, probablemente lo que está suministrando es un respaldo poético, no teórico, al buen burgués sentado en su sofá. Pero si alguien intenta obtener otro rendimiento de esta boutade y convertirla en algo fundamental y fundamentado teóricamente, el producto no resiste el análisis más somero.

Los filósofos suelen distinguir varios tipos de relativismo. Entre ellos habría que destacar en primer término el relativismo individual, como se denomina esta actitud que hemos venido comentando y que, en el fondo, lo que hace es confundir la verdad con la opinión. —¿Tu verdad, o mi verdad? —No, mire Vd, ni una cosa ni la otra. La cuestión es más bien tu opinión o la mía. Aquí nos salen al paso aquellos otros versos de Antonio Machado: —“¿Tu verdad? / No: La verdad / Y ven conmigo a buscarla / La tuya, guárdatela”. —Toda opinión, ciertamente, es una pretensión de verdad. Pero es una pretensión que se cumplirá o no –es decir, que será verdadera o falsa– con absoluta independencia de que sea la mía o la tuya. Cualquier persona que está convencida de algo, o de que algo es verdad, en primer lugar de lo que está convencida es de que, si eso es verdad, lo es con completa independencia de que yo lo diga; aún más, seguiría siendo verdad aunque yo dijese lo contrario. Por tanto, resulta contradictorio in adiecto, como dicen los lógicos, el concepto de mi verdad. Si esto es verdad, lo es además y a pesar mío. Esto es lo primero de lo que está convencida cualquier persona que está convencida de algo. Por tanto, asociar la convicción –sobre todo cierto tipo de convicciones– a actitudes prepotentes, soberbias u oraculares carece de sentido si se piensa con rigor. La cuestión es que muchos se fijan más en los ecos retóricos y en los iconos imaginativos asociados a un vocablo que en su propio contenido conceptual, y la imagen cultural que mucha gente tiene asociada a quien está convencido de algo es la del talibán. No digamos nada si se trata de una convicción ética o religiosa. No pocos ven hoy en este tipo de convicciones un imponente obstáculo para el diálogo social e intercultural, y en quien las profesa un peligro público, pues todo el que tiene una Biblia –se dice– acaba dando bibliazos en la cabeza a quienes no piensan como él. Con este sencillo expediente muchos quedan excusados de pensar, porque si se piensa un minuto el asunto, inmediatamente se constata: a) que la convicción auténtica nunca puede imponerse, sino tan sólo proponerse –y, correlativamente, aceptarse– en libertad. Convicción es, como dice Robert Spaemann, racionalidad cordial; b) por otro lado, suele obviarse que no todas las “biblias” son iguales. En concreto la mía lo primero que me dice es que tengo que, no sólo respetar, sino incluso amar, a quien no la comparte conmigo. Es verdad que toda auténtica convicción es, digámoslo así, misionera. Pero no es menos verdad que quien piensa algo con verdadera convicción en último término lo hace en virtud de un acto de libertad que nunca puede ser forzado –ni tampoco impedido– desde fuera.

Todos estos matices esenciales los pasa por alto la llamada “cultura de la imagen” (que es más bien contracultura), y en la sociedad de masas cada vez se tolera menos la convicción. En nuestro contexto cultural parece que sólo cabe tolerar un tipo de convicción, a saber, la de los mercaderes. Únicamente quien tiene algo que vender puede estar convencido de la calidad de su mercancía y tratar de imponerla a aquellos a cuyos bolsillos acecha. Los confiteros alemanes parece razonable que vendan con convicción la famosa tarta Sacher, y quienes la han probado saben, por cierto, que se trata de una convicción no sólo tolerable, sino verdadera, pues es efectivamente una maravilla, está riquísima. Que una persona esté convencida de que la tarta Sacher es muy buena parece que es una convicción bastante tolerable, pero si se trata de otro tipo de convicciones, inmediatamente se le suelta una orden de busca y captura cultural, se le expulsa de todos los foros, de los salones, de los congresos y conferencias: —Vd es un talibán que quiere imponernos su verdad. —Cuando se piensa más con etiquetas o imágenes que con conceptos y con lo que significan esos conceptos, esto puede ocurrir, y de hecho acaba ocurriendo. ¿Qué les voy a decir a Vds? Lo vemos todos los días. Por eso me parece que el reto fundamental de muchas causas nobles consiste hoy en conseguir que la gente piense un minuto. Lo digo desde mi experiencia en la Universidad.

Hay ciertas cosas –muy pocas– de las que estoy completamente convencido. Y una de ellas es que casi todo es opinable, discutible, relativo incluso (todo no). El ámbito de la opinión es el de la discusión, y todo argumento humano es contestable en principio. La actitud dialógica, abierta y dialogante es la más propia de la razón humana. La apertura al contraste con la opinión ajena, por tanto, es una exigencia de la razón, y no sólo de la que pudiéramos llamar razón democrática, sino de la razón sin más, de la razón humana; pretender que la verdad puede agotarse desde un solo punto de vista humano es una pretensión absurda. A mí no me cabe la menor duda de que si yo estoy convencido de que algo es verdad eso no significa que yo lo sepa todo, o que eso que yo pienso sea toda la verdad, o la única verdad. Tomás de Aquino decía que la verdad es otro nombre del ser, una propiedad trascendental del ser, un concepto más o menos sinónimo al de ente. Si eso es así –y yo creo que así es– habrá tantas verdades como entes. El ente no es único; es plural, variado, y en la mayor parte de los casos variable. Y eso significa que su verdad en cada caso también será plural, variada e incluso variable.

Hay verdades eternas; por ejemplo, las verdades matemáticas: 2+2=4. Husserl discutió mucho con unos relativistas que en su época, a finales del s. XIX, defendían lo que él llama relativismo específico. No es el relativismo individual, que subjetiviza enteramente la verdad confundiéndola con la opinión –que sí es subjetiva, de cada sujeto–, sino un relativismo, por así decirlo, adscrito a la especie humana como tal, de manera que según él la verdad de una ecuación matemática sería relativa al modo humano de conocerla o de formularla. En último término, 2+2=4 será verdad según y como, porque eso depende de la serotonina del cerebro humano que la formula. Husserl no tuvo grandes dificultades para poner de manifiesto el absurdo de semejante pretensión: que esa fórmula fuese verdad para los humanos y mentira para los marcianos, en caso de que los hubiera. Esto es ridículo. Pero poner de manifiesto la falsedad del relativismo específico no está reñido con reconocer que no todas las verdades son eternas, como en matemáticas. La inmensa mayoría de las verdades, por ejemplo de tipo práctico, son verdades situacionales, contextualizadas: verdaderas soluciones a problemas prácticos que la razón humana se plantea en determinadas circunstancias; soluciones, en definitiva, que habrá que determinar en cada caso de manera hermenéutica, atendiendo al contexto.

—¿Qué debo yo hacer aquí y ahora? —Eso es una pregunta que puede tener muchísimas respuestas verdaderas, dependiendo de quién soy yo y del concreto aquí y ahora en el que en cada caso se encuentra ese yo. Yo no soy Vd. Pero tampoco el yo que soy ahora coincide enteramente con el yo que seré después; sí coinciden en su identidad sustancial, pero no en la circunstancia, la cual, como diría Ortega, forma parte de la sustancia del yo. A lo mejor lo que yo debo hacer ahora no coincide con lo que debo hacer mañana a estas horas, o en otra situación distinta. En la mayor parte de las discusiones humanas se conjugan problemas y se buscan soluciones prácticas a esos problemas, y por tanto, es un ámbito de discusión, de opinabilidad amplísimo, el que se abre, por ejemplo, en política, en economía, en ética incluso. Aristóteles –que no es ningún relativista según la acepción que estamos empleando aquí– es quien ha afirmado de manera más categórica la relatividad del bien moral. No hay que esperar a la ética de situación existencialista del siglo XX. No: en el siglo IV antes de Cristo hay un señor llamado Aristóteles que es quien ha hecho la formulación más explícita de una teoría según la cual la ética se puede decir que es categórica – por emplear el lenguaje de Kant– en cuanto a la forma del deber, es decir, lo que significa en cada caso el estar obligado en conciencia a algo; pero en cuanto a su materia o contenido, el deber es relativo: depende de la persona y de la situación de la persona. Y no hace falta ser relativista para decir una cosa tan de sentido común. Lo que ocurre es que el relativismo a menudo juega al ratón y al gato, y da, valga decirlo así, gato por liebre: admitiendo algo tan obvio como la relatividad del contenido del deber, te obliga a admitir que todo es relativo o, en esta concreta versión, que en ética todo es situacional, es decir, que no hay ningún deber absoluto e incondicionado.

—¿Todo depende de la situación? —Pues mire Vd, probablemente en un 99,5% de lo que se puede decir sobre ética, sí. Pero algunas pocas afirmaciones –la tradición judeocristiana ha considerado al menos diez– son imperativos absolutos. Por ejemplo: no matarás al inocente, honrarás a tus padres…, son algunos imperativos que cualquier persona puede encontrar, si mira bien, en el fondo de su conciencia. No hay muchos más de diez imperativos incondicionales o, si se quiere, verdades absolutas en ética, evidentes para todo el que no tenga puestas gafas de madera. Pero el resto de las soluciones morales tendrá que determinarlas la conciencia subjetiva de manera contextual, atendiendo a la persona y a la situación. Eso sí, sin perder de vista esos pocos absolutos no situacionales, incondicionados: con ellos no se resuelve todo, pero sin ellos, en ética, es imposible resolver nada bien.

Si esto es así en cuestiones morales, mucho más en temas políticos, jurídicos, económicos, etc. Todos estos ámbitos son esferas de discusión en la que los problemas se pueden enfocar de diversas maneras, desde distintos ángulos, y en los que ninguna propuesta de solución puede reclamar para sí ningún tipo de exclusividad. Puede haber, quizá, una mejor entre varias buenas posibles, pero siempre será la mejor solución aquí y ahora (hic et nunc).

—Ahora bien, ¿qué es una discusión racional? —Pues mire Vd, es una búsqueda de la verdad (generalmente, de la mejor solución a un problema práctico). —¿Cuál es, entonces, la dificultad cultural del relativismo? —Pues que si pensamos que la verdad no existe, ¿qué sentido tiene discutir? Si el diálogo no es una búsqueda mancomunada, cooperativa de la verdad, ¿para qué dialogar? El problema cultural del relativismo es que hace completamente inútil y sin sentido la discusión y la argumentación racional. Y aquí entramos en el asunto de la dictadura.

Una persona que está convencida de que no existe la verdad, o que en caso de que exista es imposible conocerla –éste sería el caso de los llamados escépticos– quizá pueda interesarle por algún motivo aparentar un talante democrático y dialogante, pero en último término eso será pura apariencia, pues realmente no atenderá a razones. Esto es lo que pone de relieve el Papa y resume muy esquemáticamente la voz “dictadura del relativismo”: si la verdad no existe o es imposible conocerla, la razón no tiene ningún sentido como capacidad cognoscitiva, dado que conocer realmente algo es conocer su verdadera realidad. (Conocer lo falso no es conocer; es más bien desconocer). Si la razón es una capacidad cognoscitiva, y el hombre es un animal racional, eso tiene sentido decirlo desde la hipótesis –mejor dicho, desde la afirmación– de que hay una verdad, todo lo difícil que quieran Vds de encontrar, pero posible y asequible a la razón. Si eso no se admite, entonces la razón no tiene ningún sentido y carece de papel alguno en la discusión y en la resolución de los conflictos humanos. Pero entonces en los conflictos de intereses quien se lleva el gato al agua no será quien es capaz de esgrimir mejores razones sino el más fuerte, el que es capaz de poner más muertos encima de la mesa de negociación. Hace poco tiempo miles de personas manifestaron en Madrid su indignación ante el hecho de que –con la etiqueta incluso del coraje cívico– haya unos señores, o un señor, que esté intentando hacer apaños “políticos” con una banda de asesinos. Eso es la negación simple y llana de lo político, pues significa darle la razón, por enésima vez, a Nietzsche cuando dice aquello de que quien vence tiene la razón, y ya no necesita convencer. El fuerte no necesita argumentos: su misma fuerza superior –la del superhombre– ya le ha dado la razón. Eso es irracional. Y la irracionalidad es la quintaesencia de la violencia. Quien pone la pistola sobre el tapete está negando la esencia misma de la política, que no es el “derecho del más fuerte”, sino la fuerza del Derecho, la de quien cuenta con los mejores argumentos, es decir, los mejor armados lógicamente y los mejor presentados retóricamente. Lo contrario es violencia en estado puro.

El Papa, en su tan controvertido –por no leído– discurso de Ratisbona hace unos meses, puso de relieve de una manera especialmente interesante que las nociones de razón –entendida como capacidad verdad– y de Dios tienen mucho que ver; más aún: se puede decir que filosófica y culturalmente corren una suerte pareja. En cierto modo esto se puede ver mejor negativamente. Y lo ve muy bien Nietzsche: una vez que hemos matado a Dios –el tema central de “Así habló Zaratustra”– ya somos superhombres, ya no tenemos a nadie por encima nuestro. Eso nos sitúa “más allá del bien y del mal” –otro famoso título de Nietzsche–, pero entonces ya no tiene sentido preguntarse por la verdad; sólo cabe preguntar con qué mentiras podemos vivir mejor. Fíjense Vds qué profético es Nietzsche, pues realmente es éste el espectáculo que uno puede encontrarse todos los días sin más que asomarse a la prensa. En el fondo, para quien abdica de buscar la verdad –quizá después de abandonar toda búsqueda de Dios– lo único que le importa realmente es que no me pillen, que no se note. —Mientras no me pillen… hago de mi capa un sayo. —Una persona que se cree superhombre, que piensa que no tiene a nadie por encima, incluso si efectivamente posee poderes sobresalientes –en forma de dinero, ciencia o influencia– no se va a detener fácilmente ante el planteamiento, por ejemplo, de la reciprocidad de las libertades, la típica idea del liberalismo según la cual la libertad de uno acaba donde comienza la libertad del vecino. —Bueno, eso si es Vd infrahombre. Pero si es Vd superhombre, no. Si Vd tiene poder, o dinero, quizá le compense, pues es más presentable, mostrar la etiqueta del talante democrático y lo que Vd quiera, pero luego lo que funciona es la ley del embudo. —Es lo que se ve ahora con la discusión –por llamarlo de alguna manera, pues realmente discusión ha habido muy poca– en torno a la famosa asignatura “Educación para la ciudadanía”, innovación estrella de la nueva LOE. Hay que reconocerle al partido que actualmente gobierna en nuestro país una verdadera destreza en el arte de aplicar la ley del embudo con talante dialogante. Como ya pasó hace quince años con la LOGSE, que nadie se llame a engaño, ahora pasará lo mismo con esta ley: por supuesto que la venderán como la más dialogada y consensuada de todas las legislaturas democráticas. Pero miras en serio y ves que la han consensuado con dos personas: uno de ellos es un catedrático de mi universidad, el otro un editorialista del diario El País, y luego, eso sí, los sindicatos de clase, concretamente la UGT, como siempre. Pero a los padres de familia y a los profesionales de la educación, pregúntenles Vds a ver si se ha hablado con ellos. Es un ejemplo entre cincuenta mil.

Perdonen Vds –y con esto termino mi exposición– la crudeza del ejemplo, pero entre los que dispongo no encuentro uno más a mano y que muestra más plásticamente la verdad profunda de la asociación conceptual que Joseph Ratzinger establece mediante la expresión “dictadura del relativismo”. Saben Vds probablemente que hace unas semanas hubo en España un escándalo –bueno, realmente en España no; sobre esto hay aquí un silencio espantoso, pero sí lo hubo en Dinamarca y en el resto de Europa– con motivo de un reportaje de la televisión danesa sobre una clínica de Barcelona (perdón por llamar “clínica” a un establecimiento donde se provocan abortos industrialmente). Una señora periodista entró en ese establecimiento con una cámara oculta –no entro ni salgo en la eticidad de estos métodos– fingiendo que estaba embarazada de siete meses y le preguntó al matarife –lo que en absoluto estoy dispuesto es a llamarle médico– si tendría algún problema en practicarle un aborto de siete meses. Respuesta del matarife: —El único problema es que pueda Vd poner aquí 4.000 euros. Si lo resuelve, no hay más problema. —Saben Vds que la historia termina con que esta señora regresa después, no ya con cámara oculta, sino con otro periodista que porta una cámara de televisión clarísimamente nítida, e intenta hacerle una entrevista a este caballero, que se molesta mucho y les expulsa a ambos diciendo lo siguiente: —“Vds tienen su moral, yo tengo la mía. Váyanse Vds con la suya y déjenme a mí con la mía”. Aquí puede apreciarse perfectamente la “lógica” violenta del relativismo.

Vds saben mucho de causas solidarias, de mayor o menor alcance, pero todas ellas nobilísimas y beneméritas. Líbreme Dios de decir nada contra la defensa, a veces cargada de santa ira, que se hace de los pollos de águila imperial, o la sonora indignación contra las barreras arquitectónicas (de la que personalmente participo). ¿Qué les diré de banderas tan nobles como la de instalar carril-bici en todas las vías públicas de la ciudad, o defender la tundra, la amazonia, las focas o lo que Vds quieran? No diré nada en contra, repito. Lo que sí quiero poner de manifiesto es que indignarse con estas cosas y mantener ese espantoso silencio ante el fenómeno que acabo de mencionar no es posible designarlo en la lengua castellana con una expresión más certera que la de hipocresía, yo diría, cinismo. Muchas gracias por su atención.